IMPORTANTE

Mayo 9, 2008 at 8:06 pm (Uncategorized)

La profesora NO VA A ASISTIR EL JUEVES 15 por problemas familiares.

por favor SOLIDARISARSE Y SOCIALIZAR LA INFO, gracias

 

Permalink Dejar un comentario

Mirada crítica de la comunicación en América Latina

Abril 29, 2008 at 11:06 pm (Archivos)

Entre el desarrollo, la dominación, la resistencia y la liberación.

Cuadro de apoyo para la clase sobre el texto de Nancy Díaz Larrañaga y Florencia Saintout.

medios-para-desarrollo-dominacion-resistencia-y-liberacion-y-comunicacion-alternativa-y-desarrollo

Permalink 1 comentario

J. Huergo; “Lo que articula lo educativo en las prácticas socioculturales”

Abril 22, 2008 at 1:02 am (Archivos) (, , , , , )

Tipo: Archivo word (.doc)
Tamaño: 48 kb

Cuando hablamos de lo educativo nos encontramos con dos tipos de representaciones [1] hegemónicas. Unas, hacen de lo educativo un proceso o una acción aislada de cualquier condicionante histórico-social y cultural. Otras, vinculan de manera absoluta y excluyente a lo educativo con la institución escolar y los procesos de escolarización.
En el primer tipo de representaciones, nos encontramos con los rastros y los residuos de posiciones idealistas y espiritualistas, que suelen “sacralizar” a la educación, abstrayéndola de cualquier determinación material. De este modo, los procesos educativos suelen verse como neutrales, más o menos estables en el tiempo, invariables en su definición y cargados de positividad, es decir, de “valores” y “prácticas positivas” socialmente. Esto sin estimar los modos en que los valores y las prácticas sociales sólo pueden comprenderse como “positivas” en un determinado tiempo y lugar. Por ejemplo, el uso de drogas puede ser positivo en determinadas culturas y estar cargado de connotaciones negativas en nuestras sociedades de consumo; las prácticas homosexuales pudieron ser aceptables y positivas en algunas comunidades y estar cargadas de significados negativos en ciertos sectores de nuestra sociedad, etc. Pero, además, suele otorgarse una carga negativa al hecho de robar, por ejemplo, aunque en ciertos pensamientos ético-políticos (como el de San Ambrosio en el siglo IV) es lícito en determinados contextos de necesidad vital, así como la acumulación de riquezas –en ese pensamiento- posee un carácter ilícito. Entonces, no siempre y en todo lugar lo “positivo”, desde el punto de vista axiológico, coincide. Tampoco es unívoca la positividad de los saberes incorporados en el proceso educativo. En otras culturas resulta positivo el conocimiento y el saber de “datos revelados” o de la magia, antes que el conocimiento científico, por ejemplo.
El segundo tipo de representaciones sociales ha ligado (de manera necesaria y casi excluyente) a la educación y lo educativo con los procesos de transmisión de conocimientos (prácticas, saberes y representaciones) y de habilitación para funcionar socialmente, que se viven en una institución: la escuela. Tal vez esto no sea tan cuestionable en situaciones sociales de “modernidad plena y exitosa”; pero lo es, en cambio, en sociedades no-modernas (anteriores a la modernidad o que no experimentan la cultura moderna occidental en el presente) y en sociedades como las nuestras, en las cuales los elementos fundantes y estructurantes de la modernidad están en crisis y descompostura. La escuela, como humanitas officina (un verdadero “laboratorio de humanidad”, según Juan Amós Comenio, fundador de la “didáctica moderna”), fue un nucleo organizacional de la modernidad occidental que se articuló con el desarrollo del capitalismo, de la industrialización y las formalidades de la “democracia” burguesa. La escuela es una institución que produjo prácticas, saberes y representaciones, y que las reprodujo con el propósito de incorporar a los individuos a las sociedades capitalistas, industrializadas y democráticas modernas (es decir, hizo de los individuos aislados, sujetos sociales). Pero la escuela no existió siempre y en todas las culturas, o no existió de la manera en que la conocemos hoy. Por otra parte, en la actualidad resulta dificultoso observar la acticulación de la escuela, por ejemplo, con el mundo del trabajo y con el ascenso social. Hoy experimentamos una crisis de esa institución formadora de aquellos sujetos sociales, producida en gran parte por los procesos de “globalización”, por las sucesivas políticas de reforma y ajuste neoliberal y por inadecuación entre los persistentes imaginarios de movilidad social (a partir de la escolarización) y las condiciones materiales concretas de ese ascenso (a través del trabajo o la profesión). Además, los saberes que se producen, se distribuyen, circulan y se reproducen a través de la escuela y los procesos de escolarización, difícilmente pueden ser vistos como aquéllos que nos permiten “funcionar” socialmente. Son saberes siempre desafiados y contestados por los saberes que proliferan alrededor de otros discursos sociales, como el mediático, el callejero, el comunal, el del mercado, etc.
Se nos hace necesario, entonces, proponer otra noción de lo educativo, que nos permita salirnos de esos dos tipos de representaciones. De este modo, optamos por la noción que propone la pedagoga mexicana Rosa Nidia Buenfil Burgos. Ella sostiene que

Lo que concierne específicamente a un proceso educativo consiste en que, a partir de una práctica de interpelación, el agente se constituya como un sujeto de educación activo incorporando de dicha interpelación algún nuevo contenido valorativo, conductual, conceptual, etc., que modifique su práctica cotidiana en términos de una transformación o en términos de una reafirmación más fundamentada. Es decir, que a partir de los modelos de identificación propuestos desde algún discurso específico (religioso, familiar, escolar, de comunicación masiva), el sujeto se reconozca en dicho modelo, se sienta aludido o acepte la invitación a ser eso que se le propone” [2]

LAS INTERPELACIONES

§ Parten del reconocimiento del universo vocabular, o parten de intereses particulares y se implantan, o parten de un desconocimiento del contexto (como de la nada), o surgen de un espacio social existente
§ No son mensajes aislados (del tipo “tenés que ser adulto”, “hay que ser un buen ciudadano”, “debes ser un buen trabajador”); son conjuntos textuales
§ Pueden constituirse en todo un espacio u organización que se hace visible en un contexto social (como por ejemplo un sindicato, o las Madres, o una tribuna de fútbol), o pueden constituirse en estrategias más particulares, acciones y prácticas de agentes determinados (por ejemplo, un taller con mujeres pilagá, un programa radiofónico educativo)
§ Son llamados o invitaciones a hacer determinadas cosas, a ser de una manera, a pensar de una forma… Pero pueden ser mandatos que requieren el abandono de un aspecto de la identidad (como por ejemplo, ser civilizado dejando de ser bárbaro, o ser desarrollados abandonando prácticas tradicionales)
§ No están sólo constituidas por saberes, sino también por quehaceres, prácticas, posicionamientos, valores, ideologías…
§ Pueden dirigirse a los individuos para que hagan “sujetos” (por ejemplo, a individuos para que sean católicos, o comunistas, o bosteros). Pueden instalarse en un espacio social y dirigirse (aún no intencionalmente) a toda la sociedad (por ejemplo, la sola presencia de una organización como HIJOS o de una radio comunitaria, puede provocar un movimiento en una sociedad)
§ Pueden estar encarnadas en referentes (como los docentes, los padres, un animador cultural, un personaje mediático) o pueden ser referencias, como un espacio de comunicación (por ejemplo una murga, un grupo de mujeres, o de jóvenes, etc.)
§ Directa o indirectamente, toda interpelación le otorga significados a determinadas ideas (o significantes) que circulan en la sociedad o en los discursos sociales, como por ejemplo a las ideas de “desarrollo”, “saber”, “libertad”, “participación”…

Las interpelaciones, entonces, contienen una matriz de identificación. Nosotros, a veces, no nos identificamos con todos los elementos propuestos por la interpelación (contenidos, comportamientos, valores, ideas, prácticas, gustos, modos de vestirnos…) sino sólo con algún aspecto (por ejemplo, nos identificamos con el mensaje del Evangelio, o con algunas prácticas de grupos juveniles, pero no con las ideas de la jerarquí eclesial)

LOS RECONOCIMIENTOS

El reconocimiento subjetivo es central para que una interpelación adquiera sentido.
§ El reconocimiento no es sólo “conocimiento” de la interpelación, no basta con conocerla (porque puedo conocerla y ser indiferente a la interpelación). Puedo conocer por ejemplo la interpelación del discurso menemista, pero no por eso “reconocerla” (“no me interpela”)
§ El reconocimiento se dá en el nivel de la adhesión, de cierta incorporación de elementos de la interpelación o de su matriz de identificación
§ Es decir, tiene relación con el proceso de identificación. En algún o algunos aspectos, el sujeto se siente como perteneciendo a una identidad colectiva, que lo interpela (por ejemplo, la pertenencia a los ricotteros implica una adhesión y reconocimiento de algunos apsectos que me interpelan: las letras de las canciones, los movimientos, la música, el pogo, esa mística de los recitales… La pertenencia al peronismo, del mismo modo: a lo mejor “me llega” estar en la plaza llena, los bombos, ese temblor en el cuerpo que producen los bombos y los cánticos, la palabra de Perón o de Evita, aunque no lo “razonara”. Quiere decir que hay cierta incorporación: una posibilidad corporal de jugar el juego de determinadas prácticas, valores, ideas, identidades, gustos…)
§ El reconocimiento tiene relación con las identidades sociales. Las identidades sociales se constituyen por cuatro rasgos:
1. Pertenencia a un nosotros (me siento, me reconozco, como peronista, campesino, wichí, mujer, ricottero, HIJO…) y también distinción respecto a otros (no soy radical, no soy un burgués urbano, no soy toba…)
2. Ciertos atributos comunes (jergas, términos, estandartes, logos, banderas, cantos, movimientos corporales…) que los que pertenecemos a esa identidad podemos reconocer como propios
3. Una narrativa histórica común (aunque cada uno tenemos nuestra biografía, hay una historia común que nos marca, y que más o menos reconocemos y la contamos de manera similar todos los que pertenecemos a una identidad)
4. Cierto proyecto común (reconocemos cuáles son nuestros sueños o nuestros ideales, quiénes son nuestros aliados, los grandes caminos a seguir, con quiénes tenemos conflictos, cuáles son las grandes metas que nos unen…)

LAS PRÁCTICAS SOCIOCULTURALES

Pero para que todo el proceso sea educativo, no termina todo en el interjuego entre interpelaciones y reconocimientos. El proceso culmina en algún cambio en las prácticas socioculturales cotidianas.
§ El cambio en las prácticas (en los modos de hacer y de ser, en los saberes, en las formas de pensar, de posicionarnos…) puede tener dos sentidos:
1. La reafirmación más fundamentada de una práctica ya existente (como por ejemplo, de prácticas relacionadas con la medicina popular, o de saberes ancestrales de una cultura aborígen, o de los escraches…)
2. La transformación de una práctica que existe en la actualidad (por ejemplo, un modo distinto de relacionarnos los padres con los hijos, o de considerar a los jóvenes, o de posicionarnos frente a los poderosos, o de apropiarnos de los medios de comunicación como espacios de expresión ciudadana…)
§ Sólo al analizar las prácticas, podemos hacer una evaluación más adecuada del sentido político del proceso educativo, y sostener que:
1. El proceso educativo tiene un sentido hegemónico en la medida en que tiende a generar prácticas conformistas respecto a un orden social establecido, a las relaciones sociales que lo sostienen, a modos de pensar que avalan la dominación…
2. El proceso educativo tiene un sentido contrahegemónico en la medida en que tiende a generar distintos modos de cuestionamiento y resistencia y/o produce modificaciones en las relaciones sociales de dominación, en prejuicios o discriminaciones, en actitudes individualistas, en modos de pensar dogmáticos…

Notas:
[1] En principio, y genéricamente, consideramos las representaciones no tanto como un “reflejo” mental de la “realidad”, sino como un anudamiento entre determinados significantes y determinados significados, en un orden imaginario social.
[2] Rosa N. Buenfil Burgos, Análisis de discurso y educación, México, DIE, 1993; pp. 18-19.

Permalink Dejar un comentario

Comunicación para el Desarrollo

Abril 15, 2008 at 1:40 am (Archivos) (, , , , )

por

Luis Ramiro Beltrán Salmón

Documento presentado al III CONGRESO PANAMERICANO DE LA COMUNICACION. Panel 3: Problemática de la Comunicación para el Desarrollo en el contexto de la Sociedad de la Información.

Carrera de Comunicación de la UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES Julio 12-16,2005, Buenos Aires, Argentina

Bajar Documento PDF (151 kb)

Visualizar Online

Permalink Dejar un comentario

Haciendo Olas

Abril 14, 2008 at 10:36 pm (Archivos) (, , , , , , )

Título

Haciendo olas. Historia de comunicación participativa para el cambio social

Autor

Informe para la Fundación Rockefeller

Por Alfonso Gumucio Dagron

Contenido

Este documento explica la evolución en el campo de la comunicación participativa para el cambio social. Además, se relatan 50 experiencias que han permitido a gente que vive en comunidades muy pobres del Tercer Mundo tomar sus propias historias de vida y comenzar a cambiar las circunstancias de su pobreza, discriminación y exclusión. Muchas de estas experiencias tratan de radios comunitarias.

Documento PDF (1121 kb)

Fuente

Permalink Dejar un comentario

N. García Canclini; “Ni folklórico, ni masivo”

Abril 13, 2008 at 8:07 pm (Archivos) (, , , , )

Sobre el autor: Néstor García Canclini

“La investigación sobre las culturas populares (en plural) debe, ser un trabajo transdisciplinario. No decimos interdisciplinario, porque esto suele significar que los practicantes de la antropología, la sociología, la semiótica y la comunicación yuxtaponen conocimientos obtenidos fragmentaria y paralelamente. El cuestionamiento del modo en que se estudian las culturas populares desemboca en una revisión de lo tabiques que separan a las ciencias sociales. Ni exclusivamente folclóricos ni únicamente masivo, lo popular es hoy un espacio fértil para repensar la estructura compleja de los procesos culturales y para que los científicos sociales liberemos a nuestras disciplinas de los reductivismos que las disgregan.”

Texto Completo (PDF)

Permalink Dejar un comentario

Jorge Huergo; “Comunicación, cultura y educación: una genealogía”

Abril 11, 2008 at 2:10 am (Archivos) (, , , )

6/ La etapa fundacional del campo de Comunicación/Educación: la cultura y lo educativo en el discurso desarrollista

Jorge Huergo

El concepto de desarrollo, y su correlativo: subdesarrollo, proviene de la economía, aunque también está relacionado con la antigua -pero moderna- idea de «progreso indefinido» (proveniente de Emmanuel Kant), pero ahora reformulada en términos estrictamente económicos. El supuesto general es que los países económicamente avanzados o desarrollados tienen un nivel de prosperidad y un nivel de vida para la masa del pueblo superiores a los de los otros (los subdesarrollados). De allí que esta construcción narrativa pueda sugerir la traducción con el par conceptual «superior/inferior», considerados estos términos estrictamente desde el punto de vista económico, pero también «tradición/modernización», desde el punto de vista cultural y político. Para Daniel Lerner, especialista en guerra psicológica del Massachusetts Institute of Technology (MIT), es posible establecer una tipología social de las actitudes respecto del desarrollo como proceso de transición de un Estado «tradicional» a un Estado de «modernización»; proceso que tiene su modelo en Occidente, donde la empathy (movilidad psicológica propia de la personalidad moderna) ha permitido -a juicio del autor- el quiebre del fatalismo y la pasividad, propias de una sociedad tradicional (cfr. Lerner, 1958). Esta teoría de la modernización va a ser operacionalizada, durante los cincuenta y los sesenta, a través de múltiples investigaciones (por lo general en la línea sociológica funcionalista). Todas ellas vislumbran un pasaje lineal de una sociedad traidicional (depositaria de la excrecencia cultural y política y de todos los obstáculos para la humanización) a una modernizada.
Pero para lograr este pasaje, además, las sociedades deben superar diversos estadios. Las ideas acerca de la vinculación entre el desarrollo y la planificación para alcanzar los beneficios de una sociedad modernizada, en muchos casos asumieron la «teoría de los cinco estadios del desarrollo económico-social productivo» formulada por Walter W. Rostow, economista, también del MIT y especialista en seguridad nacional en la Casa Blanca (cfr. Gozzer, 1969: 33-ss.). Precisamente, el cuarto y el quinto estadios (luego de superados los estadios tradicional, de transición y de despegue) permiten visualizar la utopía desarrollista, como culminación de la expansión capitalista.

«El cuarto estadio es el del desarrollo: una fase luminosa de intensa expan­sión económica, con un desarrollo cada vez mayor de la industria, del pro­ducto estandarizado y de los consumos en masa (…). El quinto estadio es el de la madurez, de los equilibrios logrados, de los grandes consumos en masa, de la tendencia a la distensión y a la seguridad social, así como a la expansión masiva de los consumos» (Gozzer, 1969: 35-36).

6.1. LA DIFUSIÓN DE INNOVACIONES Y LA MODERNIZACIÓN

En la movilización anunciada con entusiasmo, los medios de comunicación se convierten en uno de los principales agentes de modernización y desarrollo, ya que diseminan en todas las latitudes las actitudes, las prácticas, los productos, los consumos, las relaciones, propias de la modernidad. De modo que la visualización material del progreso alcanzado por las sociedades modernizadas se logra a través de esas imágenes que Occidente multiplica por el mundo, y a través del cada vez mayor y más sofisticado equipamiento de aparatos tecnológicos (que deben estar al alcance de todos). Esto llevará a que, durante la década del ‘60 y también los ‘70, el Departamento de Estado de los EE.UU. intensifique los programas sectoriales de difusión de las innovaciones, particularmente en Latinoamérica y Asia y especialmente en el ámbito educativo (cfr. Mattelart, A. y M., 1997: 36). En 1962, Everett Rogers, de la Universidad de Stanford, se convierte en líder de este proyecto difusionista (cfr. Rogers, 1962) y de las «estrategias de acción» a seguir en la sucesión de estadios, en el que se evidencian los propósitos económicos del mismo, ya que el desarrollo-modernización es

«un tipo de cambio social en el que se introducen nuevas ideas en un sistema social con el objeto de producir un aumento de las rentas per cápita y de los niveles de vida a través de métodos de producción más modernos y de una organización social perfeccionada» (Rogers, 1962).

La difusión de innovaciones consistía, entonces, en transmitir los datos de la modernización a la vez que persuadir a los receptores/usuarios de los beneficios de esos datos. Esto implica la univocidad de la concepción de desarrollo, ya que éste significa una modernización automática por la vía de la adopción y uso de innovaciones, en especial tecnológicas. Con lo que las «estrategias» difusionistas, por lo general, se han confundido con las estrategias de marketing. Rogers presentó, además, una perspectiva evolucionista en el logro de la modernización, complementada por un modelo cuatitativo de análisis de la situación de cada país: las situaciones problemáticas eran reemplazadas por índices, que componían un ranking, que a su vez representaban estadios en el desarrollo; particular idea de la modernización, que fue adoptada entusiastamente por la UNESCO (Mattelart, 1993: 180). Debe hacerse notable, sin embargo, que esta es la noción más dura del difusionismo desarrollista, la idea fundacional, por así decirlo, que va a producirse contemporáneamente con la Alianza para el Progreso, programa de 1961 que proporcionó un marco de acción para el proyecto de modernización o «despegue» de las economías latinoamericanas. La Alianza para el Progreso fue pregonada como «revolución en libertad» (frente a la amenaza castrista posterior a la Revolución Cubana) y tuvo tres áreas de aplicación: la planificación familiar, la tecnificación y modernización del campo y las nuevas tecnologías en educación.

La equivalencia entre modernización y desarrollo, planteada por D. Lerner, se divulgó rápidamente. Un organismo internacional, la UNESCO, fue uno de los encargados de difundir esta homologación, a partir de 1962. La equivalencia, además, se veía reforzada por las investigaciones sociológicas funcionalistas, especialmente las de Wilbur Schramm e Ithiel de Sola Pool (1). Pero, además, estaba avalada por las transformaciones producidas en las culturas (especialmente occidentales) a partir de la mediatización de las sociedades, un proceso que si bien se inicia en las primeras décadas del siglo XX (2), tiene su expresión masiva hacia fines de los cincuenta y los sesenta con la expansión de la televisión en los países subdesarrollados.

Cabe destacar que, paralelamente, los sistemas educativos entran en una crisis y los índices de analfabetismo crecen en América Latina. Sería imposible el progreso y la modernización de las sociedades latinoamericanas, si cuantitativamente no cubre los stándares necesarios para comenzar el proceso lineal y escalonado de desarrollo. Entretanto, los medios y nuevas tecnologías en esa región son utilizados de acuerdo con la lógica del entretenimiento. Sin embargo, el difusionismo como megaestrategia llevó a imaginar el papel que los medios podrían jugar en el desarrollo de las sociedades latinoamericanas. Se procuró ver cómo alfabetizar más rápido, a más gente y más eficazmente.

En conexión con las perspectivas de modernización desarrollistas, fue adquiriendo reconocimiento e impactando en diversas disciplinas sociales el denominado «enfoque sistémico», que comprende además una conceptualización acerca de la sociedad (cfr. Buckley, 1982; Bunge, 1988) (3). Su legitimidad se debió principalmente al éxito en ámbitos de intervención profesional (como la psicología, la educación, la economía o el trabajo social) en cuanto al logro de situaciones de adaptación, equilibrio y productividad social. Con su desarrollo, al enfoque sistémico no le interesó tanto la «homeostasis» (propia de los sistemas cerrados) por la que la sociedad genera su propio equilibrio, sino la «morfogénesis» (propia de los sistemas abiertos) (4) por la que la sociedad genera el cambio o modificación de sus estructuras, frente a los conflictos, para no perder «viabilidad» (5). Desde el punto de vista comunicacional, el sistema es una red compleja de relaciones que implican intercambio de información e interdependencia entre las partes; de allí que un sistema procesal dinámico se enriquece con el cambio, que implica interacción y retroalimentación. Así, se considera que el cambio está antes y alimenta permanentemente la estructura, y que el sistema se elabora a sí mismo y se beneficia con las perturbaciones, variedades y tensiones. Se habla, entonces, de «morfostasis» para designar los intercambios entre sistema y ambiente (cfr. Buckley, 1982). Nos encontramos aquí con impactos del modelo de la cibernética.

Investigadores muy reconocidos, como I. de Sola Pool (1964) -luego de David Easton-, descubrieron el modelo sistémico y lo aplicaron en sus estudios sobre el proceso de toma de decisiones políticas (Mattelart, A. y M., 1997, 44-46). Inicialmente, el enfoque sistémico sirvió para atender cuestiones como la seguridad y la gobernabilidad mundial y para elaborar estrategias de acción frente a las organizaciones insurrecionales del Tercer Mundo. Este propósito, sin dudas, quedará como carga en el sentido del enfoque sistémico, aunque adquiera formas más suaves y livianas en diferentes «estrategias de intervención». En lo comunicacional, Melvin de Fleur, en 1966, elabora un modelo más complejo que el de Shannon y Weaver que resalta la función del feed-back o «retroalimentación» en la circulación de informaciones.

El concepto de desarrollo trajo consigo un imaginario acerca de la posibilidad de acceso a situaciones de progreso y modernización por parte de sociedades aún subdesarrolladas. El acceso a la utopía del desarrollo parecía ser la planificación de las actividades de esa sociedad, de modo de lograr el bienestar, la prosperidad y los mejores niveles de vida para todos. La planificación para la modernización, en cuanto estrategia de desarrollo, arrastra la idea de un proceso establecido, lineal y escalonado, tal como lo presentó E. Rogers (1962). La difusión de innovaciones y la persuasión de las masas fueron dos de las claves de la planificación rural y familiar, que luego pasaron a otros sectores de la vida social subdesarrollada. Los tres supuestos de la planificación para el desarrollo (Mattelart, 1993: 188) fueron: que la comunicación engendra por sí misma el desarrollo; que el crecimiento de la producción y el consumo constituye la esencia del desarrollo y desmboca en un justo reparto de la renta y las oportunidades, y que la clave del aumento del aumento de la productividad es la innovación. La base «epistemológica» es posible hallarla en la sociología de la comunicación, que se puso al servicio de la guerra psicológica durante la Segunda Guerra Mundial y en el período de posguerra (Mattelart, 1993: 109). Las «estrategias» siempre tuvieron ese sentido y ese alcance profesional y científico; como lo expresa el fundador del Institute for Communication Research, de la Universidad de Stanford, W. Schramm:

«El mundo está en una situación tal que la auto-preservación exige la más intensa de las presiones en materia de guerra psicológica, la cual sólo puede ser ejercida por un extenso cuerpo de profesionales adiestrados al frente de inmensos recursos» (Schramm, 1956).

Enorme tarea científico-profesional y enorme negocio, el de profesionalizar la guerra psicológica. Una guerra (como lo fue desde von Clausewitz) que anuda estrategias con información y ocupación del territorio con cambios de conductas. La preocupación norteamericana terminó siendo el comportamiento insurgente en el Tercer Mundo; la resolución del problema era de suma importancia estratégica. De allí que, por ejemplo en I. de Sola Pool, la principal estrategia contrainsurgente debía contemplar un profundo estudio del cambio social y del control social en los países subdesarrollados. Fue, vale recordarlo, el mismo Sola Pool quien elaboró un modelo contra-guerrilla en 1960, durante el gobierno de John Kennedy (Mattelart, 1993: 135).

Con el tiempo y sus éxitos relativos, el desarrollismo atemperó muchas de sus posiciones, en especial aquellas que revelaban sus propósitos de imposición cultural bajo la denominación de «modernización» y lo evidenciaban como un gigantesco proyecto de neocolonización fruto de nuevos mecanismos de concentración económica y de poder. Las concepciones cuantitativas del desarrollo, así como sus estrategias comunicacionales habían conseguido desequilibrar aún más las estructuras sociales periféricas. A partir de 1981, el mismo E. Rogers se desplaza hacia una noción contextualizada, donde cobra importancia la noción de «red de comunicación», en la que los individuos convergen o se conectan unos con otros mediante flujos (Mattelart, A. y M., 1997: 108-109). Aparece aquí la necesidad de considerar los aspectos étnicos del proceso de comunicación, así como los métodos plurales que se relacionan con diferentes contextos. Con lo que Rogers viene a contribuir a la formación de la noción neoliberal de comunicación (desplazamiento «liviano» del difusionismo desarrollista): una comunicación pluralista que, de todos modos, soslaya la cuestión de las desigualdades socioeconómicas y del poder (6). El mismo E. Rogers redefine al desarrollo como

«un amplio proceso de participación en el cambio social de toda una sociedad, que intenta hacer progresar social y materialmente a la mayoría del pueblo, haciéndole alcanzar un mayor control sobre su entorno; y todo ello dentro de una mayor igualdad, una mayor libertad y otro valor cualitativo» (Rogers, 1976).

La concepción, por cierto, es mucho más ambigua y abstracta, pero por su insistencia en la participación, permite alentar otro tipo de estrategias para el desarrollo que enseguida imprimirán un nuevo sentido a la planificación: la «planificación participativa», otra noción clave y ambigua que no habla más que de nuevos mecanismos de control social, digamos, consensuado. De allí surgen innumerables estrategias participativas que se articulan con un neodisciplinamiento social, más tolerable y liviano, menos evidente, desdramatizado (según la expresión de Lipovetsky) (7); pero que conviven a veces en los mismos sectores de la vida social con modalidades de acción participativa ligadas, en cambio, con los marcos de educación y comunicación popular. Además, en la nueva concepción de desarrollo se trataba de movilizar los recursos locales y rehabilitar las culturas diferentes, capaces de definir sus propias vías de desarrollo. El «pasaje del paradigma dominante», centralizador y concentrador, hacia formas descentralizadas de desarrollo, atendiendo a las particularidades de las culturas y las sociedades locales, no será más que una nueva forma de postergación de procesos y movimientos de transformación estructural y de democratización radical (8).

6.2. COMUNICACIÓN Y EDUCACIÓN EN EL CLIMA DESARROLLISTA

Con relación al proceso cultural desencadenado por el clima contemporáneo al desarrollismo, se fue haciendo cada vez más potente la percepción de un paralelismo entre la escuela y los medios, e incluso un desplazamiento de la escuela por los medios en la formación de sujetos y de conciencia. En nuestras últimas décadas, algunos autores sostienen que los medios son una escuela paralela (MacBride UNESCO, 1980; Roncagliolo y Janus, 1984). Se percibe que la educación ha dejado de ser un asunto exclusivamente pedagógico: la escuela y los medios juegan un papel en la percepción del mundo, la adquisición de valores y los procesos de socialización, de manera paralela. Sería posible diferenciar el «saber» que paralelamente ofrecen la escuela y los medios; la primera ofrece un saber formalizado, jerarquizado, organizado, mientras que los medios ofrecen un saber centrado en el entretenimiento, que despierta en los jóvenes mayor entusiasmo e interés. El tipo de organización de los contenidos en los medios es fragmentada y atomizada, en cambio, en la escuela, la forma de organizar los contenidos es lineal y total (cfr. Quiroz, 1993) (9). Por otro lado, se da inicio a un debate acerca del desplazamiento de la escuela por situaciones «no escolarizadas» en cuanto a la efectividad educativa. Los medios actuarían como las principales instituciones ideológicas que cohesionan culturalmente las necesidades de existencia, reproducción y transformación del capital. Como «aparato ideológico», la escuela parece definitivamente desplazada por los medios (10).

Sin embargo, el principal problema que viene a articular comunicación y educación, es el problema del creciente analfabetismo: uno de los principales escollos para la modernización de los países subdesarrollados; un analfabetismo no siempre absoluto, sino en la mayoría de los casos funcional (cuestión que significa un enorme obstáculo para la movilización psicológica modernizadora o empathy). El problema era cómo logar un proceso de alfabetización (absoluta y funcional) masiva; precismente para este propósito servían las innovaciones comunicacionales. Esto llevó a plantear experiencias educativas de diferente valor con utilización de los medios, en especial la radio, con las experiencias de «radioescuela», estrategia que se continuó en décadas siguientes (11). La idea era que los medios podían convertirse en una gran escuela, ilimitada y multitudinaria a fines del siglo XX (Kaplún, 1992). Así surgieron y se desarrollaron las escuelas radiofónicas, con su oferta de radioclases; y también, de manera más limitada, los espacios educativos en los medios, especialmente la radio y la TV (12). Es interesante observar que, en 1973, todos los miembros de la Asociación Latinoamericana de Educación Radiofónica (ALER) operaban como escuelas radiofónicas y ofrecían programas de alfabetización y de educación básica. Pero más adelante, en la década del 80, sólo un tercio continuaba funcionando como escuela radiofónica, mientras que otros miembros buscaban nuevas estrategias educativas (cfr. Kaplún, 1992), acaso debido a la revisión del modelo difusionista. En general, la inquietud de no continuar funcionando como escuela radiofónica obedece a la necesidad de encontrar estrategias que no estuvieran dominadas por la hegemonía de la escolarización, formal y centrada en la enseñanza (13).

También se presenta como tabla salvadora a la «teleeducación» por la misma época. Siempre la idea es que con el analfabetismo en crecimiento, es imposible la modernización; y la manera más eficaz de difundir las innovaciones son los medios, en particular la televisión, debido a las características del mismo producto televisivo. El problema no era el analfabetismo (que sí lo fue unos años después para Paulo Freire), sino el uso de innovaciones y, entre otras cosas, la planificación familiar a gran escala. Los fines humanitarios del desarrollismo ocultaban las razones demográficas y económicas de sus intereses. En 1968, es W. Schramm quien elabora un informe, editado por la UNESCO, sobre la utilización de los satélites artificiales con fines educativos. Ya en 1963 Schramm, por entonces director del Institute for Communication Research de la Universidad de Stanford, elabora un informe para la UNESCO en el que presentan los nuevos métodos de enseñanza (Schramm, 1963). En ese trabajo se presentan cuatro tipos históricos de medios de enseñanza: medios sin máquinas ni mecanismos electrónicos (pizarrón, mapas, gráficos, etc.); medios que necesitan máquinas para su reproducción (manuales, textos, tests, etc.); medios enriquecidos por técnicas de comunicación denominados «medios audiovisuales» (fotos, películas, diapositivas, radio, televisión, etc.); y medios que establecen el «diálogo» hombre-máquina (instrucción programada, laboratorios lingüísticos, calculadoras electrónicas, etc.).

La vinculación explícita entre comunicación y educación está naciendo en este clima cultural e ideológico, y está siendo marcada a fuego y diseñada como campo, de modo que hasta la actualidad persiste la ideología que impregnó este tipo de perspectivas y de estrategias. Subyace en esta vinculación la teoría de la difusión de innovaciones, incluso en educación: una adopción de las innovaciones, una modernización del paisaje educativo, contribuirá a una mejora en la calidad de la educación. De hecho, la modernización suplía todo tipo de transformaciones sociales o educativas, reformas agrarias, etc.; las soluciones políticas eran reemplazadas por resoluciones técnicas y tecnológicas. Las etapas históricas en el uso de innovaciones tecnológicas no son más que las fases o estadios del desarrollo, lo que viene a implicar una perspectiva evolucionista de la sociedad.

En este contexto, y también por necesidad de vincular las innovaciones tecnológicas con la educación masiva, surgen preocupaciones y proyectos de educación a distancia, emprendimiento preponderante en la denominada «tecnología educativa», donde la incorporación de la tecnología en la educación debe ser comprendida como un producto de los avances científico-tecnológicos y como una concepción generalmente tecnocrática que se apoya en las nociones de progreso, eficacia y eficiencia (14). La educación a distancia ha sido una de las estrategias de más rápida expansión en el mundo desarrollado, ya que se adapta a un nuevo mundo de trabajo y a un nuevo tipo de trabajador (Kaye, 1988). Sin embargo, la principal consecuencia pedagógica de esta situación (que abarca principalmente a la educación a distancia) es la «erradicación de la expresión», la pérdida de la comunicación educativa (Kaplún, 1993) (15).

Relacionada con una perspectiva difusionista, surge la preocupación por la pedagogía de la comunicación, aunque en una vertiente funcional culturalista. Se parte de la idea de que la comunicación, como hecho cultural, merece un estudio sistemático en la escuela y debe aparecer en los programas educativos. Desde las primeras experiencias en Gran Bretaña (con la fundación en 1933 del British Film Institute) se han ido produciendo materiales e instancias de capacitación docente que apuntan al estudio de la comunicación. En esta perspectiva, sin embargo, se ignora o se da la espalda a la relación entre los medios, la sociedad y el poder. Podría decirse que la comunicación es un «contenido» más de la educación escolar, lo que no significa -evidentemente- que se aborde una «pedagogía de la comunicación».

Sin embargo, una de las formas de vincular comunicación y educación más generalizada es la que tiene que ver con el uso de los medios en educación. En el nivel de las estrategias prácticas centradas en diversos modos de «usos de medios en educación», nos encontramos frente a una enorme fragmentación de experiencias y a una multiplicidad caótica de prácticas, pero con una especie de «sentido preferente» o énfasis principal. El énfasis está puesto en los usos socioeducativos y los intereses que los enmarcan (16). Muchas de la experiencias de usos de los medios en educación se inscribieron, y se inscriben, en un modelo informacional que apunta a incrementar información dentro de una linealidad en la transmisión; en este caso, los medios utilizados cumplen una función meramente instrumental: son instrumentos o vehículos por los cuales se transmiten determinados contenidos, reemplazando la autoridad del maestro o el libro de texto. Lo distintivo de este enfoque en la práctica (dentro de una concepción pedagógica conductista o neoconductista) es utilizar a los medios como apoyo, como soporte o como refuerzo de la enseñanza. Muchas veces, además (y sobre todo con el eje «la prensa en la escuela»), no se ha permitido o no se ha establecido que el propio medio debía ser objeto de crítica. Se ha hablado acerca de los elementos técnicos de un artículo y se ha instado a los niños o jóvenes a ser redactores, pero en ningún momento se generaban instancias para pensar acerca del medio. Es decir, se considera a los medios como objeto de estudio, que comprende sólo la descripción y el análisis técnico. En otras ocasiones, los medios son tenidos en cuenta desde una perspectiva que podríamos denominar funcionalista o desarrollista, pero sin llegar a una idea crítica que considere adecuadamente las condiciones de conflicto estructural de nuestras sociedades. Esto, aunque se hable de desarrollar una «visión crítica», como en ciertos manuales que combinan la utilización, con la recepción y la producción de medios gráficos, radiofónicos o televisivos.

Por detrás de muchas de las experiencias prácticas surgidas con el auge desarrollista, está la idea de feed-back. La noción de feed-back va a quedar como un estigma en muchas estrategias de comunicación y educación, presentada como una forma de atender la situación concreta del receptor/educando y de favorecer el «diálogo»; pero está claro que la noción carga/calla, así como todo el enfoque sistémico del que la noción proviene, las significaciones de su contexto de producción y los intereses que la pusieron en juego, que son intereses eminentemente ideológicos. La noción de feed-back sólo hace referencia a un intercambio de información por canales preestablecidos, dentro de la inmanencia de un sistema que alienta el cambio, pero que no permite su transformación radical; más aún, todo el modelo es un mecanismo para hacer compatible la libertad con la seguridad, es decir: el juego de la libertad de expresión en el denso clima de la «seguridad nacional» y mundial.

6.3. CULTURA DE LA PLANIFICACIÓN: EDUCACIÓN Y DESARROLLO

El imperativo de modernización, la lógica evolucionista de las etapas, la novedad de los flujos comunicacionales y los nuevos desafíos para la educación regional, llevaron a una modalidad hegemónica de difusión de las innovaciones: la planificación de la educación para el desarrollo. En la década del ‘50, comienzan a elaborarse políticas educativas tendientes a la planificación para el desarrollo. La idea de que la educación es el mayor instrumento de multiplicación económica, social y cultural para lograr un nivel de vida lo más alto posible y, por lo tanto, la recomendación de planificar la educación de modo integral, nació en Latinoamérica en la reunión de Ministros de Educación desarrollada en Lima, en mayo de 1956.

«La planificación integral de la educación es el sistema que organiza y coordina las técnicas investigativas, estadísticas, pedagógicas, administrativas y financieras tanto en el sector público como en el privado, para garantizar a toda la población una instrucción adecuada, tanto cualitativa como cuantitativamente, a través de etapas sucesivas y con fines precisos, para convertir el factor humano de una nación en el sujeto dinámico del propio desarrollo» (Betancur Mejía, 1969: 91).

Siempre está presente el concepto evolucionista, por etapas lineales, del desarrollo, más una utilización racionalizada de los «recursos humanos» para el logro de la modernización (17).

Los planes de educación (salvo algunas experiencias aisladas y la planificación del Primer Plan Quinquenal de la URSS, de 1923) nacieron hacia el final de la Segunda Guerra Mundial en Gran Bretaña y Francia (18). Desde la creación de la UNESCO se impulsó la planificación educacional, en general ligada a los planes económicos regionales (cfr. UNESCO, 1968). La primera gran reunión latinoamericana que articula economía y educación en el contexto del desarrollo es el Seminario Interamericano sobre Planeamiento Integral de la Educación, llevado a cabo en Washington, en junio de 1958 (que tendrá continuidad en la Conferencias de Santiago de Chile de 1962 y de Buenos Aires en 1966).

Muchas de las ideas sobre planificación educativa para el desarrollo abrevan en las teorías de Walt W. Rostow. El desarrollo educativo observaría tantos estadios como el desarrollo económico-social productivo: primero, uno tradicional; luego, el de alfabetización o cultura instrumental; después la expansión escolar; en cuarto lugar, el estadio de la tecnificación, y finalmente, el de la madurez o de estructura escolar homogénea. Cabe observar que es el estadio de la tecnificación educativa el que se corresponde con el estadio del desarrollo, con lo que se reafirma el supuesto de que las innovaciones tecnológicas automáticamente ocasionarán una mejora de la calidad de la educación. De allí la importancia del uso de medios y tecnologías en educación, sostenida primero por el desarrollismo y continuada con la versión neoliberal del tecnicismo pedagógico.

Las utopías escolares que animan la planificación desarrollista pueden sintetizarse en dos cuestiones:

«La escuela se va definitivamente organizando en una sistematización técnicamente racional, destinada a resolver de modo coherente las múltiples y complejas exigencias en los diversos planos humanos y socioeconómicos que debe afrontar.
«Las estructuras escolares no tienen ni el estímulo de las financiaciones e inversiones ni el de los conflictos de expansión y reforma, habiendo ya encontrado en sí mismas los propios instrumentos de adaptación y los propios órganos autorreguladores» (Gozzer, 1969: 40 y 42).

No sólo nos encontramos con el entusiasmo frente a la incorporación de innovaciones en el paisaje educativo, sino a la sustitución del lenguaje pedagógico por el lenguaje económico-tecnológico. La impregnación del lenguaje pedagógico de terminología proveniente de la economía no es algo nuevo. Tal vez con el desarrollismo y con la idea de que la planificación de la educación para el desarrollo debe formularse a la luz del planeamiento socioeconómico, se imprime (como narrativa de alcance pedagógico) un nuevo paradigma conceptual (u oposición binaria) que gira alrededor del par «desarrollo/subdesarrollo», o «tradición/modernización».

La planificación de la educación para la construcción de la utopía del desarrollo contribuye a resituar el papel de la educación en la sociedad. La educación es una variable que depende directamente de la economía:

«La educación puede considerarse como un arma muy potente en la ayuda para el desarrollo (…). Es decir, un plan de educación debería ser concebido como parte de un problema general económico para elevar el nivel econó­mico de una comunidad» (Vaizey, 1962).

Aunque el entusiasmo inicial acerca del rol de la educación para el desarrollo económico fue decreciendo o al menos descomponiéndose en virtud de resultados no tan notorios, quedaron en el campo educativo dos marcas de la narrativa desarrollista. La primera es la terminología de base económica (y también industrial) que se adoptó para la pedagogía, aún cuando no se articulara con procesos reales de desarrollo o planeamiento socioeconómico (19). La segunda es la planificación, que muchas veces fluctuó entre los requerimientos de sucesivas «reformas educativas» (que se visualizaban como verdaderas panaceas) y el auge creciente de la tecnocracia (que se encarna en el modelo pedagógico «tecnicista»). En muchos casos, la misma planificación se fue haciendo un ritual o una formalidad meramente tecnocrática.

Respecto al problema de la planificación de la educación para el desarrollo, se fluctuó desde una posición «científica» a una que atendió a la articulación de políticas educativas democráticas con las situaciones concretas de las comunidades. El planeamiento «científico» de la educación ha transitado desde un modelo lineal de reacción en cadena, tal como es caracterizado el modelo de Ralph Tyler (1950), pasando por un modelo integral de multirrelación entre variables curriculares (Leyton Soto, 1984), hasta llegar a los modelos sistémicos de características procesales (por ejemplo: Materi, 1988) (20). Del otro lado, ya el documento Conclusiones programáticas del Seminario sobre Planificación Escolar llevado a cabo en Washington en 1958, sostiene que la planificación debe ser democrática. Entre otras cosas,

«El plan democrático debe estimular la iniciativa pública y privada, local y regional, a fin de desarrollar en las comunidades locales y regionales su capacidad de asumir una responsabilidad y de participar en el desarrollo de los servicios educativos» (Van Gelderen y otros, 1969: 135).

Entre las múltiples inciativas producidas en América Latina respecto a la planificación democrática local, cabe mencionar dos experiencias de la Provincia de Buenos Aires: la primera, la del Profesor Jorge Cristian Hansen, y la segunda, la de los Consejos de Escuela. Ambas son de importancia porque trabajan sobre la idea de «comunidad educativa», articulando comunicación y educación por la vía de la apertura de la escuela a la comunidad y la gestión comunitaria de la institución escolar. En ambas, además, la planificación participativa (a la que enseguida nos referiremos) se articula con un proyecto de democratización de la sociedad, a partir de instancias locales (21).

En cuanto a la perspectiva pedagógica subyacente, en un primer momento, el desarrollismo educativo parecía articularse con la pedagogía nueva que (cfr. Saviani, 1988) frente a las situaciones de marginalidad trabaja en torno al problema de la adaptación o incorporación de los sujetos a la sociedad, a través del análisis y las metodologías grupales y una didáctica centrada en la experimentación. En el contexto de producción de esa pedagogía fue posible reconocer dos líneas: una burguesa y otra popular o pedagogía Freinet. En América Latina, la pedgaogía nueva fue tomada, por estos tiempos, como una innovación más, que permitía otro tipo de modernización del ecosistema educativo. La planificación educativa quedó emparentada con la perspectiva de la «incorporación» o «adaptación», ya que (según lo expresado en el Seminario de Planificación Escolar de Washington, de 1958) se entiende por planificación integral de la educación

«la necesidad de incorporar plenamente a la vida nacional las masas de población indígena y rural y de inmigración» (Van Gelderen y otros, 1969: 133).

Aquí aparecen dos cuestiones significativas. La primera es el nuevo sentido que adquiere la vieja empresa que denominó educación popular, que ahora es referida específicamente a sectores marginados desde el punto de vista étnico (indígenas e inmigrantes) y marginados de la vida de la ciudad (población rural). La segunda cuestión (muy ligada con la primera) se refiere al sentido del verbo incorporar, que ha suscitado significativos emprendimientos y debates durante las décadas siguientes.

Bibliografía

Aparici, Roberto (1995), Educación audiovisual. La enseñanza de los medios en la escuela, Buenos Aires, Novedades Educativas.
Beltrán, Luis Ramiro y E. Fox (1980), Comunicación dominada. Estados Unidos en los medios de América Latina, México, Nueva Imagen/ILET.
Betancur Mejía, Gabriel (1969), “Significado y fines del planeamiento de la educación”, en Alfredo Van Gelderen y otros, Planeamiento. Sus bases económicas y sociales, Buenos Aires, Estrada.
Bonino, M. (1984), Hacia una metodología participativo-reflexiva de educación a distan­cia, México, UNAM.
Buckley, Walter (1982), La sociología y la teoría moderna de sistemas, Buenos Aires, Amorrortu.
Bunge, Mario (1988), “El enfoque sistémico en ciencias sociales”, en Congreso Internacional Extraordinario de Filosofía (1987), Tomo 2, Córdoba, Universidad Nacional de Córdoba.
CELAM (1972), Documentos Finales de Medellín, Buenos Aires, Paulinas.
Daza Hernández, Gladys (1993), “Historia y perspectivas del video educativo y cultural en América Latina”, en Diá·logos, Nº 37, Lima.
Díaz Barriga, Ángel (1991), “Calidad en la educación. Neologismo en el lenguaje pedagógico”, en Didáctica. Aportes para una polémica, Buenos Aires, Aique.
Dirección General de Escuelas y Cultura (1988), Política Educativa. Lineamientos 1988, La Plata, Dir. de Información y Tecnología Educativa.
Ferrés, Joan (1993), Vídeo y educación, Barcelona, Paidós.
Ferrés, Joan (1995), Televisión y educación, Barcelona, Paidós.
Ferrés, Joan y otros (1991), El video. Enseñar video. Enseñar con el video, Barcelona, Gili.
Freire, Paulo (1969), La educación como práctica de la libertad, Montevideo, Tierra Nueva.
Freire, Paulo (1973), ¿Extensión o comunicación? La concientización en el medio rural, México, Siglo XXI.
Gozzer, Giovanni (1969), “Los fundamentos del planeamiento de la educación y del desarrollo de las instituciones escolares”, en Alfredo Van Gelderen y otros, Planeamiento. Sus bases económicas y sociales, Buenos Aires, Estrada.
Gutiérrez, Francisco (1973), El lenguaje total. Pedagogía de los medios de comunicación, Buenos Aires, Humanitas.
Hansen, Jorge (1970), Planeamiento del aprendizaje en la escuela de nuestro tiempo, Buenos Aires, Estrada.
Hansen, Jorge (1987), Cambio educativo y formación docente, Buenos Aires, Asociación de Entidades Educativas Privadas Argentinas.
Kaplún, Mario (1992), A la educación por la comunicación, Santiago de Chile, UNESCO/ OREALC.
Kaplún, Mario (1993), “Del educando oyente al educando hablante”, en Diá·logos, Nº 37, Lima.
Kaye, A. (1988), “La enseñanza a distancia: situación actual”, en Perspectivas, Nº 65, París, Unesco.
Lerner, Daniel (1958), The Passing of Traditional Society. Modernizing the Middle East, Glencoe, Free Press.
Leyton Soto, Mario (1984), Planeamiento educacional. Un modelo pedagógico, Santiago de Chile, Editorial Universitaria, 9ª edición.
Lipovetsky, Gilles (1990), La era del vacío, Barcelona, Anagrama.
MacBride, Sean y otros (1980), Un solo mundo, voces múltiples. Comunicación e información en nuestro tiempo, México, Fondo de Cultura Económica.
Materi, Lilia de (1988), Administración escolar; planeamiento institucional, Buenos Aires, El Ateneo.
Mattelart, Armand (1993), La comunicación-mundo. Historia de las ideas y de las estrategias, Madrid, Fundesco.
Mattelart, Armand y Michèle (1997), Historia de las teorías de comunicación, Barcelona, Paidós.
Moschen, Juan Carlos (1988), “Consejos de Escuela”, en DGEC, Revista de Educación y Cultura, Nºs. 2-3, La Plata, Dir. de Información y Tecnología Educativa.
Orozco Gómez, Guillermo (1990), “La TV no educa, pero los niños sí aprenden de ella”, en Umbral XXI, Nº 1, México, Universidad Iberoamericana.
Pool, Ithiel de Sola, R. Bauer y L. Dexter (1964), Amercan Business and Public Policy, Nueva York, Atherton; citado por A. y M. Mattelart, 1997.
Popper, Karl (1967), La sociedad abierta y sus enemigos, 2 vol., Buenos Aires, Paidós.
Prieto Castillo, Daniel y Francisco Gutiérrez (1991), Las mediaciones pedagógicas. Apuntes para una educación a distancia alternativa, San José de Costa Rica, RNTC.
Quiroz, María Teresa (1993), Todas la voces. Comunicación y educación en el Perú, Lima, Contratexto-Universidad de Lima.
Remesar, A. (1988), “Cómic y educación. Prolegómenos de un análisis genealógico”, en José Rodríguez Illera y otros, Educación y comunicación, Barcelona, Paidós.
Rodino, A. M. (1988) La comunicación masiva en las experiencias de educación a dis­tancia en América Latina, San José de Costa Rica.
Rogers, Everett (1962), The Diffusion of Innovations, Glencoe, Free Press.
Rogers, Everett (1976), “Communication and Development: The passing of dominant paradigm”, en Communication Research, Vol. 2, Nº 2; citado por A. Mattelart, 1993.
Roncagliolo, Rafael y N. Janus (1984), “Publicidad transnacional y educación en los países en desarrollo”, en La educación en materia de comunicación, París, Unesco.
Sarramona, Jaime (1992), “El estado actual de la comunicación educativa y de lo alterna­tivo”, entrevista a distancia a Tomás Landívar, en Alternativas, Tandil, CPE, VI, Nº 8.
Saviani, Dermeval (1988), “Las teorías de la educación y el problema de la marginalidad”, en Escuela y democracia, Montevideo, Monte Sexto.
Schramm, Wilbur (1956), The Nature of Psychological Warfare, Baltimore, Johns Hopkins University; citado por A. Mattelart, 1993.
Schramm, Wilbur (1963), Nuevos métodos y técnicas de educación, París, UNESCO, Serie “Estudios y documentos de educación”.
Tyler, Ralph W. (1950), Principios básicos del currículum y del aprendizaje, Chicago, University of Chicago Press.
UNESCO (1968), El planeamiento de la educación. Situación, problemas y perspectivas, Conferencia Internacional sobre Planeamiento de la Educación, París.
Vaizey, John (1962), Economía y educación, Madrid, Rialp.
Valdevellano, Paloma (1989), El video en la educación popular, Lima, IPAL-CEAAL.
Van Gelderen, Alfredo y otros (1969), Planeamiento. Sus bases económicas y sociales, Buenos Aires, Estrada.
Vioque Lozano, J. (1984) La utilización de la prensa en la escuela, Madrid, Cincel.

Fuente: http://jorgehuergo.blogspot.com/2005/12/6-la-etapa-fundacional-del-campo-de.html

Permalink Dejar un comentario

Presentación

Abril 8, 2008 at 11:27 pm (Nuestras palabras) (, )

Este espacio virtual nace como parte complementaria del desarrollo de una materia universitaria y tiene el objetivo de dar a conocer experiencias alternativas en materia de comunicación. Entendiendo por alternativo/a, a todo aquello que se ve efectuado por fuera del aparato comunicacional hegemónico.

Integran y dan forma a este proyecto estudiantes de la Universidad Nacional de Quilmes, más precisamente, de la materia: “Comunicación: prácticas y ambientes educativos alternativos” perteneciente al Nucleo Basico Electivo de la Diplomatura en Cs. Sociales. Quienes cuentan con el seguimiento y la compañia de la prefesora Cora Gornitzky.

Permalink 1 comentario

« Página anterior